CCSVI y síndrome de Ménière: ¿un posible origen vascular?

CCSVI y Sindrome de Ménière

Como médico vascular, a menudo me encuentro con pacientes a los que se les ha diagnosticado el síndrome de Ménière. Llegan a mi consulta tras un largo recorrido de visitas, pruebas audiológicas, tratamientos farmacológicos y esfuerzos —a veces desesperados— por ponerle nombre a sus síntomas. Vértigos intensos, acúfenos persistentes, esa molesta sensación de oído taponado que va y viene… Quien lo padece sabe lo incapacitante que puede llegar a ser, incluso cuando las pruebas “no muestran nada significativo”.

Y, sin embargo, al escuchar con atención estas historias, suele aparecer un detalle que pasa desapercibido para quienes solo se centran en el oído: los síntomas no son constantes. Cambian con la postura, empeoran tras estar mucho tiempo de pie, mejoran al tumbarse o con suaves tracciones cervicales. En algunos casos, las crisis aparecen después de esfuerzos físicos o de periodos de gran tensión muscular en la zona cervical.

No son pistas que deban ignorarse.

¿Una patología del laberinto... o un reflejo cervical?

El síndrome de Ménière se describe clásicamente como un trastorno del oído interno, causado por una acumulación anómala de endolinfa. Este líquido, que normalmente interviene en el equilibrio y la percepción auditiva, en condiciones alteradas acaba ejerciendo una presión excesiva sobre las estructuras cocleares y vestibulares, provocando vértigos, pérdida de audición y acúfenos.

Sin embargo, aunque esta teoría endolinfática está reconocida, no explica muchos de los casos que veo en consulta. Algunos pacientes no presentan daños documentados en la cóclea. Otros refieren una clara mejoría tras tratamientos posturales o de liberación muscular. Muchos cuentan que basta con cambiar de posición para aliviar —o desencadenar— los síntomas. En estos casos, el diagnóstico de Ménière parece más una “etiqueta provisional” que una explicación real.

El sistema venoso y el papel de la CCSVI

Precisamente en estos pacientes atípicos empecé a explorar una posibilidad que a menudo se pasa por alto: la existencia de una disfunción en el drenaje venoso extracraneal, en particular a nivel de las venas yugulares internas. Esta condición tiene un nombre muy específico: CCSVI, es decir, Insuficiencia Venosa Crónica Cerebroespinal.

Se trata de un trastorno descrito a partir de los primeros años 2000 por el profesor Paolo Zamboni y otros investigadores. En la CCSVI, la sangre que debería fluir libremente desde el cerebro hacia el corazón encuentra obstáculos a lo largo del recorrido. Pueden ser compresiones externas (como músculos hipertónicos, apófisis óseas alargadas o arterias adyacentes) o malformaciones internas de la propia vena (válvulas malformadas, tabiques, membranas). El resultado es una congestión venosa intracraneal que puede alterar la dinámica del líquido cefalorraquídeo y provocar una hiperpresión incluso a nivel del oído interno.

En resumen, una componente vascular podría alterar la circulación de la endolinfa y generar síntomas clínicamente indistinguibles de los atribuidos al síndrome de Ménière.

Estudios y observaciones clínicas: no solo teoría

La hipótesis de una implicación vascular en el síndrome de Ménière no es solo fruto de la observación clínica, sino que también cuenta con respaldo en la literatura científica.

Un estudio realizado en el Policlinico di Palermo (Piraino, Faletra et al., 2018) evaluó el efecto de un programa intensivo de fisioterapia cervical, centrado en relajar la musculatura del cuello, en pacientes diagnosticados con síndrome de Ménière. Los resultados fueron sorprendentes: el calibre de las venas yugulares mejoraba, el flujo se normalizaba y los síntomas del Ménière se reducían progresivamente. Tras un año de seguimiento, muchos pacientes mantenían los beneficios obtenidos.

Otro estudio, publicado en Current Neurovascular Research da Menegatti et al. (2017),
comparó a pacientes con trastornos del oído interno con sujetos sanos. El análisis de alta resolución de las válvulas yugulares reveló que muchos pacientes presentaban válvulas fijas, ausentes o inmóviles, lo que provocaba una alteración del flujo venoso. Esta anomalía puede modificar la presión en los canales cocleovestibulares, contribuyendo así a la aparición de síntomas como vértigo y acúfenos.

También el estudio de Filipo et al. (2015), publicado en European Archives of Oto-Rhino-Laryngology, refuerza esta hipótesis. En una muestra de 32 pacientes con síndrome de Ménière, el 65,6 % presentaba reflujo venoso intracraneal y el 66,7 % estenosis yugular—porcentajes significativamente más altos que los observados en la población de control. Esto sugiere que la CCSVI podría desempeñar un papel patogénico real en una parte de los casos.

Una publicación de 2016 en Acta Oto‑Laryngologica propuso que muchas patologías otológicas, tradicionalmente consideradas idiopáticas, podrían estar relacionadas con una congestión venosa extracraneal crónica, especialmente en personas con predisposición del tejido conectivo o disfunciones posturales.

Por último, un estudio publicado en el Journal of Vascular and Interventional Radiology (JVIR) documentó la evolución clínica de pacientes con síndrome de Ménière y CCSVI confirmada, tratados mediante angioplastia venosa. Tras 24 meses, muchos de ellos informaron de una mejora estable en los síntomas vestibulares, incluidos vértigo y acúfenos. Se trata de datos alentadores que, si bien no representan una cura definitiva, abren la puerta a un enfoque terapéutico específico en casos seleccionados.

En conjunto, estas evidencias sugieren que la CCSVI no es una simple coincidencia: podría representar un mecanismo patogénico infravalorado en muchas formas atípicas o resistentes del síndrome de Ménière.

El cuerpo habla, si sabemos escucharlo

Hay señales que el cuerpo envía y que merece la pena escuchar. Si los síntomas empeoran al estar de pie y mejoran al tumbarse, si se acompañan de cefaleas posicionales, dificultades cognitivas o sensaciones de presión en la cabeza o en el oído que no encuentran explicación en las pruebas audiológicas… entonces ha llegado el momento de mirar más allá del oído.

No estoy diciendo que todos los pacientes con acúfenos o vértigos sufran de CCSVI. Eso sería un error. Pero también lo sería descartar de entrada esta posibilidad cuando todo lo demás no ofrece una explicación.

Diagnóstico y tratamiento: un enfoque integrado

Evaluar el drenaje venoso cerebral no es sencillo. Requiere pruebas específicas como el Eco-Doppler color dinámico, la venografía por RM o la flebografía con catéter, que deben ser realizadas por profesionales con experiencia. El Eco-Doppler color, en particular, es útil para observar cómo varía el calibre venoso en distintas posiciones o bajo esfuerzo.

Cuando se identifica una disfunción real, el tratamiento no siempre es quirúrgico. Al contrario, muchos pacientes experimentan una mejoría con:

  • fisioterapia cervical especializada
  • tracciones posturales
  • tratamientos de descompresión específicos (por ejemplo, resección de apófisis óseas compresivas)
  • en casos seleccionados y poco frecuentes, angioplastia venosa o colocación de stents

Pero el punto clave sigue siendo el mismo: se necesita un enfoque multidisciplinar. El cirujano vascular no trabaja solo. En estos casos, colaboro habitualmente con otorrinolaringólogos, médicos rehabilitadores, neurólogos, neurocirujanos y fisioterapeutas especializados en trastornos neurovasculares.

No todo lo que suena es Ménière. Y no todo lo que da vueltas es laberintitis. Algunos síntomas del oído no se originan dentro del oído, sino fuera: en el cuello, en los músculos, en las venas.

En los pacientes adecuados —aquellos con síntomas fluctuantes, atípicos, que no se explican con las pruebas audiológicas habituales— puede existir una componente vascular real, objetivable y, en algunos casos, tratable. Reconocerla no significa negar la enfermedad, sino ofrecer una clave más para interpretarla. Y, quizás, una mejor forma de aliviar a quienes la padecen.

📩 Si tus síntomas auditivos no tienen explicación y sospechas que podrían tener un origen diferente al coclear, puedes contactar con nuestra consulta para una valoración especializada.

A veces, el ruido que oímos no viene del oído… sino de la sangre que no puede fluir correctamente.

Condividi

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *